Triunfamos mas que la Coca Cola Zero

No comenzo el segundo dia del tour de la mejor manera posible ni de lejos. A eso de las cinco y media de la mañana, el polaco malahostia desalojaba el inmueble como si no estuviésemos alli, haciendo todo el ruido posible y con la luz encendida. Rio el ultimo, y tanto. Me dieron ganas de levantarme y acuchillarlo en el acto, pero viendo la pinta de skin head que tenia me acordé de las mafias que imperan en el este de Europa - las cuales nada tienen que envidiar a las italianas - y opté por taparme con la almohada para buscar oscuridad alla donde no la habia.

Tres horas más tarde, por fin nos levantamos. Lo hubiésemos hecho antes, pero teníamos que esperar a que el ciber abriera para ver si podíamos recuperar la guía turística. El albergue en un día de lluvia como el que presenciamos parecía la casa de Los Otros, pues estaba en medio de una verde pradera con tintes bastante tétricos. Los árboles no tenían aún hojas y a nosotros ya nos daba alergia tanto contacto natural.

No llegamos a tiempo del desayuno incluido en la tarifa del albergue. Quizás lo pongan tan pronto para que no vaya apenas gente y ahorrarse unos eurillos, ya sabemos todos el caso de la aceituna de menos en las ensaladas de los aviones. Si a todo esto sumamos que en el ciber no encontramos la dichosa guía turística tendremos el resultado de caras largas al comienzo del viaje hasta que en la radio comenzó a sonar Azzurro, la primera canción que se aprende uno cuando hace su erasmus en Italia y la que te hace recordar todo lo vivido en la bota. Por arte de magia, la lluvia cesó poco a poco, la carretera se fue descongestionando y, tras una cabezadita mía en el coche (de esas que jodían al piloto por no poder hacer lo mismo) llegamos por fin a Milán. Benditas carreteras italianas, aunque sean de pago.

Milán es una ciudad que sorprende por su inmensidad inabarcable. Los peores comentarios sobre una ciudad italiana los había oído mayormente referidos a Milán, quizás sean factores de este tipo los que te hacen ver lo exagerada que puede llegar a ser la gente tanto para bien como para mal. De lo que no cabe duda es que ni París ni Londres pueden competir con el pijerío masivo que se respira en cada esquina de esta fabulosa ciudad. Espacio de contrastes, las vanguardias arquitectónicas se entremezclan con los monumentos históricos, los barrios proletarios te sorprenden con una tienda de Christian Dior y hasta la gente de capital deja que una paloma se pose en su hombro para darla de comer.

Nada más dejar el coche en zona azul (ya sumaban varias centenas de euros nuestras multas, y eso que era nuestro segundo día) nos fuimos a subir un pequeño porcentaje de colesterol a un burger de mala muerte, de esos que te regalan muñequitos como aliciente. La economía y el hambre saciada eran lo primero a tener en cuenta en esos dias. Cogimos el Metro a petición mía y absortos vimos que no daban planos de la red, sino que valian un euro. Mi afición de coleccionar planos de ciudades y redes de Metro se tuvo que contener.

Si sales de bajo tierra y ves frente a ti una catedral tan imponente como el Duomo de Milán, lo mínimo que te sucede es que te quedas deslumbrado. También es que teníamos el sol de cara, pero es una sensación similar a la de Andrés Calamaro cuando era niño y conoció el Estadio Azteca. Si a eso sumamos la señorialidad que rebosa por los cuatro cruces de la Galeria Vittorio Emanuele II y una plaza con gente de todo el mundo reunida alli, intentas buscar a todo aquel que haya criticado a Milán para pedirle explicaciones.

Detalles a resaltar son los doscientos fans y periodistas que se amontonaban a la puerta de un hotel tan sólo para ver cómo se asomaban por la ventana cinco niñatos de papá que con un físico espectacular salvaban las pocas dotes de canto y baile que tenían. De nombre My own rush ¿Vosotros los conoceis? Yo tampoco. También la cantidad de palomas que poblaban la plaza, esos bichejos que tanto odio y que tienen a Madrid hecho un cuadro. Pues bien, ante la insistencia de un moro decidido a darme maíz, lo tomé y vinieron cerca de veinte palomas a devorarme la mano. Casi no lo cuento. Encima el jeta del moro luego viene a pedirme un euro por cuatro granos. Le di treinta céntimos a cambio de una cara bastante larga.

Pasar de un gentío agobiante a un silencio sepulcral te deja bastante marcado. El Duomo de Milán es una de las catedrales más impresionantes que he visto, y eso que ya tengo experiencia en estos templos durante este año. No puedo decir que sea la más bonita porque seguro que lo he dicho de otra en algún otro artículo, pero sí que te deja sorprendido aún habiendo visto tanta belleza por parte de las altas cúpulas de la sociedad eclesiástica. Y medio mundo muriéndose de hambre. Lo que me parece un atentado es que dejen subir al tejado de la misma cual mirador turístico. No vi que fuese una estructura ideada para esos fines, pongo en duda que esté mucho tiempo en el estado que la tenían. Esa supuso nuestra segunda cumbre del viaje, desde la cual pudimos ver los contrastes en las barriadas de la ciudad, desde el monumental centro, los barrios obreros y, al fondo, el Milán neoyorquino por llamarlo de alguna manera, formado por los pocos rascacielos que se pueden ver en el país.

Teníamos poco tiempo para ver todo el centro, a las cinco habíamos quedado con María y luego teníamos que ir a Como por la tarde. Así que, tras agenciarnos de información suficiente en turismo, estuvimos en la Galeria Vittorio Emanuele II y en el Teatro de Milan. A partir de ahi nuestros gustos variaban, por lo que decidimos separarnos y hacer cada uno nuestro camino. X siguió el tour cristiano, mientras que yo opté por ver el Castello Sforzesco, reseña que me habían hecho si pasaba por la ciudad. Allí pude sacar varias de las fotos más bonitas de todo el viaje.

A las cinco estábamos en la parada del Metro como dos caballeros, puntualidad notable allá donde las haya. María, que es tía y se estaba italianizando con la experiencia, tardó 35 minutos. X me dijo que le había tirado los trastos en una cena erasmus que hubo, pero que él pasaba de ella. Conociéndole como como si lo hubiera parido, me imaginaba que la chica no fuera nada del otro mundo.

- Mírala, ahí viene. La madre que la parió, y encima con esa parsimonia.
- ¿Quién es? No la veo.
- La gorda esa de gafas.

Os lo dije. Era de las muchachas cero interesantes para Sir Arthur. Pero al menos nos dejaba dormir en su residencia por 5 euros la noche, y si eso suponía que X le tenia que hacer un favor, yo estaba dispuesto a hacer de intermediario esa noche, faltaría más.

Una vez llegados a la residencia - muy cool toda ella - tuvimos que hacer un papeleo y dejar nuestros DNIs para el control de la gente que pulula por ahí. Una cosa que nos hubiese llevado cinco minutos nos llevó toda la tarde por culpa del portero, que era un tipo bastante borde y que estaba hablando por teléfono de la paliza que el Inter le iba a meter a la Roma en la Copa Italia. Un asunto de extrema importancia - como se puede comprobar - que le llevó una hora y cuarto colgado al aparato, el muy cabrón. A las siete y media de la tarde, anocheciendo en su fase culminante, no tuvimos más remedio que aplazar la visita a Como al día siguiente. A cambio, disfrutamos de un descanso que nos llevaba pidiendo el cuerpo tiempo atrás. En las habitaciones conocimos a la comunidad que poblaba la residencia e historias de lo más variopintas. La más fuerte sirvió como aliciente para estar comiéndonos la cabeza durante la cena. Una italiana compañera de María que estaba buenísima (¿Por qué hay tan pocas italianas que no estén buenísimas? Nunca lo sabremos. Ante semejante panorama aflora el hambre masculina) había dejado al novio hacía dos semanas. El muchacho quería volver con ella y ella no quería volver ni de coña ¿Razón? La mujercita estaba embarazada de cuatro meses de otro maromo. Qué hija de puta. Esa noche había quedado con el chico para contarle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y claro, con noticias así uno se quiere enterar del desenlace y se tiene que conformar viendo la final de Operación Triunfo italiano con los demás porque no le dejan asistir como público al follón milanés.

Tras una pizza entre pecho y espalda salimos a una discoteca de gente bien y música mala. Como la única persona que conocía estaba huyendo de las garras de su acosadora, estuve toda la noche marcando la pose con un cubata en la mano, copa a la que me invitaron, viva el buen rollo. Encima un mensaje al móvil me invitaba a ser el protagonista en la ceremonia de clausura de la noche:

Tio, cm no m sakes d sta t juro qt vuelvs a Roma a pie. Kitam a sta d ncima.

Dicho y hecho, fue entrar yo en acción, decir que estaba cansado y volvernos todos en coche. Mal que le pesase a X, iba a pasar una noche junto a Maria en su misma habitación. Inexplicablemente la mujer fatal que dormía con ella había desaparecido y el puesto libre lo ocupaba X. Mientras, yo compartí habitación con un gallego bastante tímido que se fue a jugar un partido de fútbol (¡de noche!) y aún no había vuelto. Gallego que me despertó a las cinco de la mañana con su tecleo incesante a su portátil. Juro que acojona despertarse y ver sólo la cabeza de un tío con gafas alumbrada por la pantalla. Chateando Dios sabe con quién a esas horas.

- Venga tío, duérmete. Siento si te he molestado.

No hace falta que me lo ordenases, capullo. Había dormido sólo tres horas y me quedaban un par más, algo insuficiente si tenemos en cuenta que nos íbamos a enfrentar cara a cara con el día en el que íbamos a hacer más kilómetros de todo el viaje. Un día de esos para besar el suelo nada más bajar del coche.