Premio a la foto más original. Pero mola, al fin y al cabo.

Me sorprende ver que, cuando de pasárselo bien se trata, estoy en pie desde primera hora de la mañana sin rechistar. Así, a eso de las siete y media un servidor salía dispuesto a comerse el mundo. A las diez partíamos a Roma y X no estaba dispuesto a salir sin darse su ducha mañanera y me reprochaba que no hiciese lo mismo. Nos quedaban poco más de dos horas en la ciudad y prefería ducharme una vez en casa a perder una de ellas en el baño. Por enésima vez en el tour, cada uno tiro por su camino porque arrieros éramos y nos teníamos que volver a encontrar si quería volver a Roma en coche.

Alguien me dijo hace poco que Pisa era lo más parecido a un parque temático, y ese día descubrí que tenía toda la razón. Pueblo-ciudad de la Toscana pegado al mar, destaca por ser el lugar de nacimiento de Galileo Galilei y por la archiconocida Torre Inclinada, cuya datación es del año 1350 y tiene 58 metros de alto. Ésta, junto con el Duomo, el Baptisterio y el Camposanto están juntos todos ellos en unas cuantas hectáreas denominado el Campo dei Miracoli. Fuera de este recinto ajardinado, sinceramente, Pisa es un pueblo precioso como tantos por estas tierras. Y por esos lares me encontraba yo mientras abrian los puestos y tiendas de recuerdos, la gente se despertaba y, a pesar del impacto turístico, cada uno hacía su vida a la intemperie de la multitud.

No tardó mucho X en llamarme. Había hecho caso a mi teoría y se había apurado en no perder el tiempo. Su mayor ilusión era hacerse la típica foto de turista sosteniendo la torre pendente, pues quería enviársela a toda su familia y amigos. Intentamos subir a la Torre Pendente para conquistar nuestra cuarta y última cumbre del viaje, pero no subimos por dos razones:

1.- Íbamos a subir en el turno de las doce, cuando nos teníamos que ir.
2.- Costaba ni más ni menos que 15 €.

Este último día del tour no tiene mucho más que contar. Poco después nos volvíamos a ver en la carretera con caras largas, lo bueno se había acabado. Eso sí, la policía se volvió a acordar de nosotros; estábamos entrando en la provincia del Lazio cuando un coche camuflado sacó la sirena y nos hicieron señales para que estacionáramos a la derecha.

- Joder macho, te dije que fueras más despacio.

- ¡Pero si sólo voy a 115!

Y salió del coche la parejita feliz de policía nacional a ver qué tal nos iba.

- ¿Qué es lo que sucede, jefe?

- Por ahora nada. Esto es un simple y obligatorio control rutinario.

Distintas palabras para un mismo discurso. Y ya era la tercera vez. Un día de éstos me voy a volver loco y no va a haber a quién reclamar. Esta gentucilla, además, nos sometió a un pequeño psicotécnico para ver de dónde veníamos, quiénes éramos y a dónde íbamos. Nos tomaron los datos y tuvimos que enseñarles nuestros carnets universitarios para demostrarles que éramos estudiantes erasmus en Roma.

A la una y media de la tarde un Seat Ibizacon dos erasmus se detenía en Circo Massimo para poner con una fotografía el punto final a éste, uno de los viajes más intensos e interesantes que he hecho en mi vida. Pesetero y rácano allá donde los haya, X me hizo pagar el porcentaje del aceite que había consumido el coche con respecto al próximo cambio del mismo, algo que, claro está, ya no me sorprendía a estas alturas. Y ésta viene a ser la crónica de los cinco días en los que pude conocer todo el norte de este gran país, aparte de conocer nueva gente maravillosa -a la cual, a estas alturas, ya les he devuelto el favor con una estancia guiada en Roma - y sobre todo a X, que queda oficialemente declarado como mi alter ego. Dos polos opuestos que nunca se atraerán, que nunca serán amigos para siempre, pero que esos días compartieron ambiciones y proyectos en común y se lo montaron como poca gente se lo ha sabido montar. Que nunca mueran los pactos entre caballeros, que la vida siga adelante... y que nunca acabe este viaje, por favor.